Un Recuerdo de Año NuevoDeSus manos eran callosas, propias de las labores agrestes. Había llegado una tarde a tierras carabobeñas, atrás dejó su tierra caliente llena de tunas conejos, aquella tierra árida que generosamente le daba el sustento, ahora con la impotencia de los tiempos se lo negaba. Optó por emigrar, le habían hablado de empresas petroleras y de altos sueldos. Todavía no llegaba a los cuarenta años de edad, estaba joven, sus manos firmes y carnosas le permitían soñar con luces y escuelas, con casa grande, con bohemia, con ciudad. Decidido tomó su maletín, apenas contentivo de útiles personales y una muda de ropa, y le dijo a su mujer y a sus pequeños hijos que lo esperaran, que él regresaría o en su defecto, los mandaría a buscar. Aún se sentía en la atmósfera costera de Puerto Cabello y Morón el tenso olor de la pólvora como resabios de los cañoneos del Porteñazo, pero Ceferino no era político, con indiferencia se dirigió a la pensión más económica que consiguió, ya en su habitación, daba vueltas en el catre pensando en la dura jornada que le esperaba al día siguiente: buscar trabajo. Ceferino obtuvo el trabajo rápidamente, era la época del impulso industrial de Morón, las empresas no cesaban de contratar personal, pero él actuaba en un ambiente desconocido y su falta de contactos (palancas) le impidió ubicarse en una plaza estable. Además, Ceferino era analfabeta funcional cuya actividad siempre estuvo vinculada a las tareas agrícolas y pastoriles. Comenzó a trabajar a destajo, así lo haría toda su vida. Quizás corrió con la mala suerte, o también dicen que era malcriado, por lo que no duraba en los trabajos. Con los primeros, comenzó a ahorrar, pensaba en su familia. Le hacían falta los cantos de chuchubes, los cardonales, la tierra áspera y seca, le hacía falta la tersa piel de Manuela o el llanto de sus vastagos peleándose por un pedazo de panela o por un dato, por un puñado de semerucos. Algunos fines de semana lo vieron pasar por los lados de Bota Burro. Su nostalgia la contrarrestaba con el juego del bolón. Este juego (ya desaparecido) consistía en un largo corredor de tierra que al final tenía una mediana pared de madera para contener las bolas criollas que se lanzaban, el oficio era tumbar los muñecos (3 leños alineados) y el que tirara la vieja (el muñeco más grande, ubicado en el centro) obtenía mayor puntuación. En este juego apostaban dinero y consumían licores. Al fin Ceferino logró traer a su familia al pueblo que había escogido para vivir. Con tablas que le regalaba la ensambladura Volkswagen fabricó su rancho en uno de esos tantos barrios que se crearon en Morón bajo el influjo del boom industrial, allí se desarrolló su vida y la de su familia. Modestamente llegó el progreso gracias a su trabajo y al de su compañera. Con esfuerzo y tesón labró un camino para sus hijos. Un día se le oyó hablar de ingratitudes y deslealtades, entonces comenzó otra vida. Hilvanando melancolía y resentimientos bebió en la fuente de Baco, perdió a su amor y los senderos de la soledad lo condujeron por los riscos de la desesperanza alucinando aquellas noches en el jagüey bajo el supí, sin temor a los seretones que estaban en la sabana, dos personajes saboreaban las mieles del amor. Volvió a sus cantos de chuchubes, recorriendo los lugares para vivificar sus recuerdos cual errante en busca de sosiego, con sus paisanos trató, exhalaba tristeza, ya sus manos no eran tan fuertes como antes, desvariaba, sus recuerdos confundía, la soledad lo venció, se apegó a su tierra seca y un cují fue testigo de su último suspiros. Pero algunos testifican que murió sin rencor, que en su último aliento invocó a los seres que amó como si conocieran aquella poesía que escribiera Luis Colosio momentos antes de su muerte: "Si tú me amas, no llores. Si conocieras el misterio insondable del cielo donde encuentro, si pudieras ver y sentir lo que siento y veo en estos horizontes sin fin y en esta luz que todo alcanza y penetra, tú jamás llorarías por mí. Estoy absorto por el encanto de Dios y por sus expresiones de infinita belleza. En confrontación de esta nueva vida las cosas del pasado son pequeñas e insignificantes. Vivo en la serena expectativa de tu llegada un día... Entre nosotros piensa en mí así en tus luchas. Piensa en esta maravillosa morada donde no existe la muerte y donde estoy junto a la fuente inagotable de la alegría y el amor. Si verdaderamente me amas, no llores por mí... Estoy en paz". Fuente de este artículoEste artículo es uno de los capítulos del Libro Crónicas desde Morón, escrito por el Prof. Alexis Coello, cronista del Municipio Juan José Mora. Recuerda visitar su blog: Alexiscoello.com.ve Puedes escribirle a su correo también: alexiscoello06@gmail.com Autor de este sitio web: Enrique de Mesa - Google+ |