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La Sociedad Cultural de Venezuela entre los siglos XVIII y XIX, Ponencia Bolivariana - Mayo 1997

De

INTRODUCCIÓN

La vida cultural venezolana durante los siglos XVIII y XIX forjada en una sociedad cuyos preceptos morales y educativos per­tenecían más a la edad media que a la época contemporánea. Este retraso cultural «os viene por vía expedita desde que España quiso trasladar o copiar su sociedad decadente sobre las vírgenes comu­nidades indígenas. No se trata en esta ponencia reeditar la vieja polémica entre la leyenda negra y la leyenda dorada, pero, si hace­rnos un balance al respecto y en cuanto al aspecto cultural se refie­re, podemos llegar objetivamente a la conclusión de que la influen­cia hispana en la sociedad venezolana, la excesiva religiosidad y el carácter despótico que se impuso como un sello a la colonización llenó de oscurantismo y de regresión a la población, al mismo tiempo que frenó todo intento creativo de desarrollo cultural que estuviese a tono con las nuevas corrientes y doctrinas que se asimilaban en el resto del mundo. El arte en Venezuela estuvo en pañales, se inició un movi­miento artístico después de la instalación de la Compañía Guipuzcoana en 1730. En las bodegas de sus barcos llegaron las primeras partituras de música sacra para que el Padre Sojo fundara su escuela en 1770, los primeros pianos llegaron a Caracas 26 años después (en 1796). La pintura fue generalmente anónima y religio­sa, sólo sobresale el pintor Juan Pedro López, con el grito de inde­pendencia vendrían Juan Lovera, iniciador de la pintura histórica, Martín Tovar y Tovar, Cristóbal Rojas y Arturo Michelena.

La gesta independentista irrumpe contra el modelo cultural establecido por España. Se revela el espíritu creador y la temática se vuelve más pagana, los temas históricos van a sustituir a los religiosos. No obstante las guerras civiles internas en las que estu­vo inmerso el país, la cultura en general logró un repunte impor­tante que va a ser consolidado con e! decreto de la instrucción pú­blica gratuita en el último tercio de! siglo XIX.

LA SIESTA DE TRES SIGLOS

La vida apacible y taciturna apenas era interrumpida por los tañidos de las campanas que desde ¡o alto de su vetusto estuche de piedra señoreaban como símbolo de dominio colonial, en el recinto eclesiástico se dejaba oír el murmullo de las oraciones, por las ca­lles, escasos transeúntes expandían sus pulmones para aspirar los olores floridos que bajaban de las verduzcas colinas traídos por las brisas del Catuche y del Caruata por el norte, del naciente venía el Anauco deslizándose muy lentamente y, por el sur, monopolizando los inquietos cristales se impone el Guaire. Así era la dulce paz aldeana del Valle de Caracas. Esta descripción de la ciudad de Caracas de principios de siglo XVIII pudiera ser entendida como la expresión genuina de lo que significaba toda la provincia de Venezuela. Para entonces, Ca­racas era la expresión de la venezolanidad culturalmente hablan­do. Fuera de Caracas, solo un puñado de modestos centros urbanos mantenían una incipiente actividad cultural, en otros, ni escuelas de primeras letras había.

La sociedad cultural que imperó en Venezuela durante la época colonial estuvo impregnada excesivamente de la religión ca­tólica, atrás quedaron las extinguidas culturas indígenas, cuyos vestigios apenas se van a manifestar en algunas danzas, léxicos, orfebrería, cestería, gastronomía, etc., que por su discreción van a sobrevivir a la destrucción del hombre blanco. Esta destrucción de los elementos indígenas tuvo su mayor énfasis en los pueblos de alta cultura, en centro América con Los Mayas, en México con los Aztecas y en la Sierra Andina con los Incas. La idea fundamental de la realeza española era la de borrar toda huella americanista en sus dominios, como lo intentó también con la cultura bantú prove­niente de la África negra, tres afluentes culturales se unificaron para formar una amalgama de credos, costumbres e idiosincrasia pero en forma desigual.

Una cultura se va a imponer a las otras. El hombre blanco establece su hegemonía, se va a institucionalizar una cultura para la dominación hispana.

La corona española concebía el proceso colonizador como un trasplante de su sociedad a tierras americanas, o lo que es lo mismo, hacer de las colonias americanas una miniatura (a imagen y semejanza) de la sociedad española. Con los conquistadores y colonizadores llegaron a Venezuela las decadentes instituciones feudales y con ellas se transferían también las concepciones ¡nedie-vales sobre el hombre que sostenían la superioridad del blanco es­pañol sobre los demás grupos humanos sometidos, de allí la crea­ción de una sociedad desigual, elitesca, llena de prejuicios y vicios, donde los privilegios eran para ellos y para los demás la servidum­bre. Estos preceptos medievales contemplaban una obediencia ciega al rey cuyo poder consideraban que emanaba de Dios, su reli­gión era excluyente, dogmática, intolerante, profundamente vene­rada, absolvente de sus actos y omnipresente en todo su bagaje cul­tural. El criterio que poseían del trabajo sería en la actualidad su­mamente ridículo. Odiaban el trabajo físico y científico. Estimaban que los oficios técnicos, los trabajos agrícolas, artesanales, etc., no eran dignos de ellos por su condición de hidalgos o nobles. Solo se preocupaban por educarse en el arte militar, en la religión y en las leyes. Veamos lo que nos dice el Lie. Miguel José Sanz: "Materialmente no hay persona distinguida que no pretenda ser militar, aun­que carezca de todas las nociones preliminares e indispensables a ese noble ejercicio, ni nadie blanco o blanqueado, que no quiera ser abogado, sacerdote o monje y aquellos que no puedan llevar tan lejos sus pretensiones, aspiran por lo menos a ser notarios, escriba­nos, suplentes de sacristán, o pertenecer a alguna comunidad reli­giosa, en calidad de lego, pupilo o recogido, de manera que los campos se hallan desiertos y su fertilidad testimonia contra nuestra negligencia. Se desdeña la agricultura. Quiere cada cual ser Señor o vivir en el ocio, entregado a los feos vicios de la lujuria, el juego, la intriga y la calumnia".

Por su parte Arístides Rojas refiere: "El señorío de Caracas prefería para sus hijos, antes que un título científico, un grado mi­litar... Hubo abundancia de teólogos y de filósofos, en tanto que los barberos desempeñaban el cargo de cirujanos y los hierbateros el de médico y pasaban como insignes arquitectos, científicos y alarifes". La educación llevaba el sello de la iglesia católica, la religión regía toda la vida social y la enseñanza se restringía a materias de la misma índole: gramática latina (sin conocer antes la gramática cas­tellana), la filosofía aristotélica, el derecho civil y canónigo y teo­logía moral y dogmática. Además de este carácter eclesiástico, a la educación solo tenían derecho los blancos y sus descendientes, la educación no llegaba al pueblo, no fue sino hasta comienzos del siglo XIX cuando se logró un permiso del Cabildo de Caracas para la creación de una escuela donde pudieran educarse los que no fue­ran blancos.

A partir de 1725 se crea la "Real y Pontificia Universidad de Caracas por conversión del antiguo seminario de Santa Rosa de Lima. Esta casa de estudios estaba bajo la autoridad del Obispo y en ella se mantuvo él mismo pensum religioso de su antecesora. Es la Universidad un antro de ideas conservadoras, opuestas a todo progreso o idea civilizatoria. E incluso, entrada la primera década del siglo XIX, un poco antes de la declaración de la independencia, se sostenía el siguiente criterio: "La autoridad de los reyes es deri­vada del cielo, las personas de los reyes, aún siendo tiranos, son inviolables, y debe siempre respetárseles y obedecérseles."(1) En la Universidad solo pareciera existir la voz iluminada del padre Baltazar Matrero.

Paulatinamente fueron surgiendo escuelas de primeras le­tras en las ciudades más importantes del país. En Cumaná, la se­gunda ciudad en importancia después de Caracas, no hubo escuelas elementales sino hasta 1759 que instruía en gramática latina a los que se iban a iniciar en el sacerdocio, después de 20 años se incor­poraron la cátedra de filosofía y teología moral. En Mérida se creó un seminario, pero cuando los vecinos pidieron que se convirtiera en una Universidad, las autoridades españolas les respondieron así: No se puede "porque su majestad no consideraba conveniente el que se hiciese general la ilustración en América."

Las manifestaciones artísticas también giraban en torno a la religión. El objetivo de la instrucción musical, por ejemplo, con­sistía en preparar los estudiantes para los cantos de liturgia católi­ca en la iglesia. Kl arte musical empieza propiamente dicho con el Padre Pedro Sujo y Juan Manuel Olivares en la segunda mitad del siglo XVIII (1770). De la escuela de estos maestros salieron Cayetano Carreño, José Ángel Lamas (Popule meus), Lino Gallar­do, Juan José Landaeta (Gloria al Bravo Pueblo).

Después del establecimiento de la Compañía Guipuzcoana se produce un impulso a la economía del país y a las artes. La pin­tura se mantuvo fundamentalmente anónima y religiosa. Sobresa­lían los frescos pintados directamente a la pared con imágenes de santos y pasajes bíblicos. En el transcurso del proceso independentista la pintura derivó en alegórica a las batallas y actos patrióticos. La arquitectura colonial se caracterizó por las cons­trucciones militares destinadas a la defensa del territorio (ftiertes, castillos, etc.), construcciones religiosas (catedrales, iglesias) y las grandes casonas coloniales de origen civil.

IDEAS LEVANTISCAS

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII Comienza la sociedad venezolana a permeabilizarse con ideas refrescantes que traen los vientos europeos. Algunos venezolanos se educaron en el exterior o se formaron mediante la introducción clandestina de li­bros y escritos "subversivos" que se distribuían secretamente en las aulas universitarias y en las tertulias nocturnas frente a una husmeante taza de cacao. Esta osadía de leer libros prohibidos por el régimen español se pagaba muchas veces con la muerte. De esta comenzaron a llegar las ideas republicanas y liberales a ¡as mentes ávidas de nuevas doctrinas, se hicieron familiares los nombres de Reynal, Voltaire, Descartes, Rousseau, Montesquieu y otros filóso­fos como Locke. Esas modernas corrientes filosóficas iban a pene­trar en aquella sociedad cerrada y dogmática.

La imprenta tardó demasiado en llegar a Venezuela. En otras colonias españolas se usaba el medio impreso desde tiempos remo­tos. México en 1539, Guatemala en 1560, Lima en 1584, Bogotá en 1620. En Venezuela llegó a finales del período colonial, en 1808. Con esta imprenta introducida desde Trinidad por los ingleses Mateo Gallegher y Jaime Lamb (se dice que era la misma que utilizó Mi­randa en sus invasiones) se publicó el primer periódico de Venezuela "La Gaceta de Cacaras" en 1808. Otra imprenta llegaría 16 años más tarde, en 1824, financiada por Domingo Navas Spínola y en la cual se reedita la "Historia de la colonización y población de Venezuela por Oviedo y Baños.

Eufóricos por los acontecimientos del 19 de abril de 1810, contingentes de patriotas que se habían sacudido de las tinieblas y de la ignominia dieron rienda suelta a su genio e intelecto dormido por largos años. Las plazas públicas estaban de fiesta, se oía la música guerrera. Los versos de Andrés Bello (autor de la primera canción patriótica: "caraqueños otra época empieza") eran canta­dos por Carreño, Vicente Salías improvisó el "Gloria al Bravo Pue­blo". "Gallardo hacía resonar la calle con su marsellesa venezola­na".

Todo este desbocamiento de las inquietudes artísticas de los vene­zolano van a seguir su cauce hasta formarse capas de la sociedad notablemente cultas e instruidas en libros franceses que desde mu­cho antes del grito de independencia habían adquirido de contra­bandos. En la viejas casonas mantuanas se irradiaba cultura, nu­merosos anaqueles repletos de libros de doctrinas revolucionarias que habían sorprendido al sabio Humboldt a principios del siglo XIX.

Este proceso culturizante que pudo haber abarcado a las ca­pas inferiores de la población, es decir, al pueblo llano, quedó trun­cado por el huracán de la guerra de independencia: "Al desatarse la tormenta de la guerra en 1811, Caracas era un crisol intelectual cuyas manifestaciones comenzaban a revolucionar rápidamente, e incluso brillantemente, hacia un estilo que no habría tardado en hacer de la Capitanía uno de los mejores centros de cultura del continente". "'De Venezuela salieron los ejércitos patriotas a darle la libertad a los andes meridionales, la guerra de exterminio costó al país en lapso de 10 años 300 mil vidas, su población bajó consi­derablemente, mientras que Bogotá y Quito con mejores condicio­nes económicas y con menos pérdida de vida logró desarrollar su educación y su arte.

RESUMEN DE LA PONENCIA

La ponencia fue dividida en dos partes. La primera, la siesta de tres siglos, enfoca en forma genérica la vida apacible de! villo­rrio caraqueño a principios del siglo XVIII, se pasea por el mesti­zaje cultural donde va a prevalecer como elemento donrinante los valores del blanco español, no obstante, vestigios afro-indios se conservarán en un recóndito lugar de la sociedad colonial. Se hace referencia sobre la concepción del medioevo que profesaba la so­ciedad española de entonces, para luego detenerse en el análisis socio-cultural de la vida colonial de nuestro país. En este somero análisis se busca destacar el carácter dogmático de la religión que moldea todas las esferas de la sociedad, su carácter excluyeníe que no tolera otras ideas que no sean las que maneja el clero y el abso­lutismo. El rechazo a las nuevas doctrinas y a los conceptos moder­nos de educación como artificio para mantener al pueblo en las tinieblas y facilitar su dominación.

En la segunda parte, ideas levantiscas, se esboza muy rápi­damente los aires de revolución que traen las nuevas ideas que han podido penetrar el coto cerrado de la cultura colonial. A finales del siglo XVIII Caracas goza de una capa social culta y renovadora que es la misma que va a asumir la dirección o la vanguardia del movi­miento emancipador, tópicos de actualidad en el mundo se discuten en la ciudad capital, la sociedad venezolana pudo revolucionar culturalmente bajo el influjo de estos sectores, pero el tributo que debía pagar nuestro país a la liberación suramericana ha de ser muy grande, los campos de la sierra Andina se regarían con sangre patria, en lugar de la pluma vino el fusil y la luz de la cultura fue el precio que se pagó por la libertad.

BIBLIOGRAFÍA

Arias Amaro Alberto, Historia de Venezuela. Editorial Romor. 174 PP.

Díaz Sánchez Ramón. Guzmán, Elipse de una ambición de Poder. Editoria! Mediterráneo. Madrid, 1975. Tomo I. 301 pp.

González Juan Vicente. José Félix Rivas. Ediciones del Ministerio de Educación. Academia Nacional de la Historia. Caracas, 1988. 170pp.

Grosscors Enrique. Miguel Peña. Editado por la Secretaría de Edu­cación y Cultura del Ejecutivo del Estado Carabobo. Valencia 1979. 195 pp.

Vargas Ponce José y García Alvarez Pablo E. Historia de Venezue­la. Editorial Romor. 158 pp.

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