May 25, 2013, Saturday, 144








Hadas Duendes y Brujas del Puerto

De

Tomado del Libro Hadas Brujas y Duendes de Puerto Cabello, propiedad intelectual de Adolfo Aristeguieta Gramcko

Irritado cuando a gritos lo llamaban por su apodo atrevidos muchachos callejeros, gozando viéndolo rabiar. Era en realidad inofensivo. Ganaba su vida con las dádivas y la venta de grutas talladas en piedras de coral; temibles portadoras de mala suerte según creencia general


Maquinita era el nombre con que apodaban a Apolonia. Para saber por qué, bastaba verla en el Mercado en las compras matinales. Su estatura no más de metro y medio y en eso recordaba bien a Víctor Manuel, el rey de Italia


Muy pocos conocieron al viejo Calandraca, el último de los barberos sacamuelas, sangrador con sanguijuelas que ejercía en La Muralla. Impasible, solemne y escuela de saber para quien quisiera consultarle


En varios sitios estuvo la Barbarie Española y en ella siempre su dueño Juan Sentís. Alto, blanco, cara dura y tez cetrina; cabello cano, liso y abundante, con un mechón que caía rebelde hacia la frente. El tiempo había dejado en él hermosa máscara de rasgos fuertes, recios, pronunciados


¿Quién era Candelaria? ¿Murciélago vuelto humano caído de la torre en un día de caldereta? ¿Ave marina de quebradas alas en horrible vendaval? Nunca lo supe como tampoco qué se hizo. ¿Se la llevaría el viento? ¿Habrá volado por los aires en oscura nube al cielo, al lado de su Dios en la Patria Celestial?


La ventana abierta cualquier día o cualquier hora dejaba ver lo mismo. A las siete, las ocho, cuando fuese, se sabía quién pasaba de dónde y para dónde; por qué y para qué. Todo predeterminado con regularidad impresionante. Las mismas voces, los mismos saludos, la misma gente en la invariable rutina del diario acontecer


Viniendo de Puerto Dentro, ya llegando a la Municipalidad entrada bien la noche, luz en la penumbra y el inconfundible ruido de las tijeras de Ignacio: Un cliente inesperado, un marino a punto de zarpar


No se iba del muelle al mercado y viceversa sin toparlo varias veces, de ida o de venida. No sé cómo abandonaba sus clientes, me parecía que había adiestrado a peines y tijeras que por mágico encantamiento seguían por sí mismas el trabajo, permitiendo al dueño ausentarse a impostergable diligencia


Cualquier oportunidad de fiesta en la comunidad, cualquier acontecimiento, era apto para aparecer en público. Desfilar, sacar banderas, hacerse presentes con la corneta y el tambor; ir y venir de norte a sur y sur a norte por las mismas y cansadas calles del Puerto. Los vecinos miraban


Terminada la calle Valencia el paisaje se abría a lado y lado; y brisa del manglar soplaba refrescante. Verdes al Sur se erguían los cerros, con sus elevaciones cercanas hacia el mar. La Calzada, empalme natural de la ciudad con el viejo camino de los españoles


Y así todos los días a la misma hora e! mismo acorde. Visto desde lo alto, si pudieran pensar, las gaviotas desde el cielo habrían creído que abajo algo funcionaba con mecanismo de reloj, como una cajita de música. Chopin en un mismo volar, un mismo vals, unos mismos acordes. Hasta la perfección incansable. El artista nunca satisfecho con el acabado de su obra


En horas de la tarde atrás en el patio el lugar suave. Lo cubría el cielo azul donde viajaban nubes blancas como mechones de algodón y algún ave errante resaltaba su silueta.

¡Cómo recuerdo aquel lugar! Escenario de juegos y ensueños infantiles matriz de aventuras que nos lanzaban lejos a incógnito lugar


El barco navegaba gigantesco entre las aguas; su suave bamboleo se detenía al instante con el lanzamiento del ancla. El silencio repentino contrastaba con el ruido trepidante de la motonave o el golpe de pistón de la caldera. Silencio, preludio de los tres largos pitazos pidiendo la visita sanitaria y los servicios del Práctico


Percibo al Norte, en su fachada amarilla y generosos aleros la Farmacia Nacional. Lugar para el encuentro, la noticia y la tertulia banal e intrascendente. Al Sur, otra farmacia, Botica Alemana, del inolvidable Carlos Meier. ¿Quién no conoció a sus famosos productos? El vino de Quina y Kola, y las Gotas Tocológicas, que bien estimaban todos los porteños


por donde Manuel Cala encontró el vado que lo hizo digno de ser recordado de modo especial en la historia: La hazaña de tomar Puerto Cabello. Último palmo realista que aún ocupaban en la naciente República


La Plaza Bruzual era la Plaza de playa, con sus botes y sus olas, sus pescadores y sus redes; toda una estampa del pasado que es difícil olvidar.


En justicia su nombre debería ser Plaza Valbuena, en recuerdo al médico Paulino Valbuena quien tenía su casa colindante en ese lugar. Eran los tiempos en que estaba abierta al mar, separada sólo por las agrietadas murallas, que artilladas en la colonia defendían al Puerto


Pero volviendo a los hoteles, el Hotel de Los Baños merece comentario especial. Frente al mar y la Plaza Flores, con sus barcos y brisa de palmeras, chocolates Nestlé, galletitas Nabisco, Kola Bernotti y alguno que otro helado de Fresa. El olor a su entrada era el típico de una botillería catalana de alto rango por el bouquet de sus licores


Contaban los que esas historias conocían, que su venida a Venezuela se debió a una enfermedad para cuya curación fue recomendable el clima tropical. Así vino joven a estas tierras a realizar su vida en la curatura de las almas. De inteligencia y cultura superiores, es probable que sin esa limitación de salud, habría tenido muy altos cargos en su tierra


Y repitiendo las muecas que mutaban su rostro en una máscara, nos hacía reír y reír nuevamente. Vivía en una pulcra casa colonial en la calle El Prado, aun costado y calle de por medio con el viejo Templo. Piadosa sin ser beata gustaba ei trato con los Religiosos españoles


Devota de la Virgen del Carmen, hacía celebrar en su altar cada mes una misa. Por lo general no había discusión, yaque su devoción era del Párroco amigo bien conocida. Pero tratándose deunoqueatendíalacuratura de almas de modo interino, no estaba al tanto ra de la devoción ni del personaje, y así que un día vinieron a porfía


Llegando a la casa empezaban a salir de todos los rincones y todas las edades. Todos muchachos y muchachas excelentes, con la bondad que caracterizó siempre a nuestros vecinos del Curacao. Hombres laboriosos y mujeres piadosas contribuyeron bien al progreso del Puerto


Don Manuel, como con todo respeto lo llamaban en la hacienda, pasaba el año parte en ella y parte en la ciudad. Su casa en el Callejón de la Sonrisa se abría a una poza de aguas salitrosas, donde viniendo de la Calle Bolívar se debía torcer rumbo hacia el Cine General Salom


Patanemo! Silencio y lejanía. Sol radiante que iridiza en mil destellos. Sol vespertino tras la silueta de los cerros; noble fiesta de rojos purpurinos, violeta y arreboles que se pierden, se confunden a lo lejos, en el mar


Quien lo haya conocido y años más tarde leído la descripción que Ramón Díaz Sánchez hace de "Jer Günter", en su incomparable libro "Cumboto", no tendrá dudas que ei recordado escritor, se inspiró en el Hermano Javier para hacer la semblanza del tío de Federico Zeus


Si las playas de Cartago no le dieron la respuesta, tampoco nos la darían las mansas y más hermosas de Puerto Cabello. Además... lo que nos interesaba era quiénes irían al base-ball, al paseo o al baño de mar. El colegio tenía atrás dos espléndidas piscinas naturales


Las olas lamían fuera en la hora del mar espeso, cálido, sensual. ¡Cómo jugaban las olas bebiendo en las piedras y viejos murallones! Aquellas aguas cristalinas sobre un fondo de formas, disueltas en todos los tonos posibles de negro y pardo


Y llegó también el día en que se empinó la torre, al son de las campanas volaron los pájaros y se hizo más claro el sol del Puerto, cuando revestido de púrpura abrió sus brazos y dio su bendición el primer hijo Cardenal.


¿Dónde ir en las noches con un Teatro de portones cerrados? Abrían sólo para recibir ocasionalmente a las compañías de variedades de Antonio Saavedra. Sabíamos por relatos que el Teatro Municipal había vivido mejores tiempos; que por él habían pasado artistas famosos


Estaba mirando hacia el manglar al Este. La última: vez que lo vi estaba cerrado y en ruinas. Recordé cuántas veces los porteños habían tenido allí gratos momentos. Vi la ventanilla de la taquilla y recordé la faz inolvidable de querido porteño que por años la atendía, me refiero a Carlos Martell


Pero, al poco tiempo de inaugurado, las familias porteñas se dieron cuenta que el Teatro-Cine Libertador no era lugar para ellas. Con frecuencia su público, que abonaba precios más populares aún que en el cine General Salom, se salía de madre como las aguas del río, ante la menor contrariedad.


La Alcantarilla era, pues, lugar de triple encuentro. Desde ella por calle recta hasta doblar en ángulo en la Plaza Miranda, se iba hasta los muelles. Hacia el Sur y el Oeste, a los campos de San Esteban, Cumboto, San Isidro, Santa Cruz, Santa Rosa, Cariaprima, Goaigoaza y al fin... Miquija


Tantos que todo el mundo lo daba como un porteño legítimo. Y lo fue realmente. Nunca más se fue del lugar. Su casa y consultorio estuvo en la Calle Plaza cerca del Teatro Municipal. Una amplia casa de hermosas ventanas con espacioso zaguán, gran portón y altos techos


Adolfo Prince Lara vive pues como universitario los momentos más álgidos de la generación del 28. Aquella explosión de fuerza juvenil que exigía cambios en la conducción del país. Posteriormente fue a dar al Puerto donde se estableció ya de médico


Así pasó la mañana en e! salón de clases junto al frente al mar. Las olas rugían como ocurría según el paso de la luna algunas mañanas en el Puerto


Torre que espera con su ojos vacíos, negando la hora en aquel Puerto sin tiempo. Torre de balcones a los vientos del Norte, recibiendo de lejos a los nautas de ultramar. A tus pies las palmas se mecen esparciendo el aire fresco hacia el angosto corredor. Fragancia de ¡xoras y malabares al viento, y de la tapia en lo alto la rosada bellísima remonta la pared


No podía faltar al final de la mañana un buen tiempo para los cánticos espirituales. Había entre los alumnos bellas y entonadas voces. Otros por el contrario, no sé si por desgano o por carencia total de la gracia de Orfeo, mejor se quedaban callados


19 de marzo, día de San José. Fiesta patronal de la Parroquia. Desde la víspera en el Colegio había habido movimiento. Terminadas las clases trajeron caballetes y tablones que en cuestión de segundos fueron convertidos en mesas


En el andén impacientes esperaban el Párroco y demás pastores de la grey porteña. El Gobernador, el Presidente del Consejo Municipal, Jefes de las Guarniciones, el Director de la Escuela de Grumetes ubicada en el Faro de Punta Brava; el Administrador de la Aduana y los Prefectos de los Municipios Unión y Fraternidad


A lado y lado, bosques de palmeras; el puente del río San Esteban se lo conocía como el de Paso Real, y más adelante el del río Goaigoaza, el Puente Bolívar. La ingeniería de aquellos tiempos obligaba al vehículo a subir los puentes a nivel más alto que la propia carretera. La Elvira, La Providencia, La Salina, nombres de haciendas que al viajero mostraban la riqueza de nuestro suelo


Una mañana cualquiera bajo el cielo azul del Puerto. Los rayos caen verticalmente perforando escuálidos almendrones. El Águila en lo alto derrite el bronce de sus alas. Los barcos en el muelle no terminaban su diálogo de amantes con los balcones de la vieja Aduana. La Plaza Flores es oasis de verde frescura a la orilla del puerto


En el Puerto cada semana, uno, dos, o más barcos alemanes traían noticias, buena cerveza, revistas variadas y excelentes artículos. El comercio alemán estaba logrando un gran empuje. Traían pues muestra de todo eso, pero lo más importante


Para atender a los hijos de muchos empleados de las casas alemanas, que sólo temporalmente estarían en el país, vino de su tierra Herr Schwarz; joven y de aspecto agradable, al menos a primera vista. Lucía un corte teutón, dejando bien al aire las orejas


La Plaza Bolívar era sitio de social encuentro, especialmente en días y horas cu ando el Maestro Pedro Elias Gutiérrez, con la Banda Municipal, dejaba oír aquella "Retreta" con aspiraciones de concierto al aire libre


Aroa y Tucacas estaban a su vez conectados por el famoso "Ferrocarril Bolívar", el más viejo de Venezuela, del cual se contaba aquel gracioso cuento de las tres clases, siendo una la misma y única plataforma; y cuando un ingenuo preguntó en qué consistía la diferencia, la respuesta del colector fue: Ya lo verá


La victrola era un mueble obligado en toda casa respetable. Su nombre original era gramófono, fonógrafo, autofónica y ortofónica, pero hija legítima de la RCA Víctor salió al mundo bautizada con el nombre de Victrola


Un día en el vecindario corrió la noticia. No obstante los años la doña sería madre nuevamente de su décimo segundo hijo. Elegante salía la doña a misa, a visitas o al mercado bajo el quitasol que portaba la criada, dejando evidencia de sus exuberantes formas


Aquel libro críptico nos parecía lleno de fórmulas mágicas, y en la sacristía lo mirábamos con temor cual reos de sacrilegio. Aquella página con una imagen del Jesús en la Cruz y resaltante título; "Mortuorum diae


Su acento peninsular delataba su procedencia, y como Sancho soltaba refranes poniendo punto final, a cualquier materia que no deseara discutir. De primera impresión era sin duda un fraile de "Pocas pulgas"... pero tratándolo de cerca aparecía un niño con sentido del buen humor reaccionando siempre bien al trato amable.


Cuando alguien iba por la acera de enfrente y no conocía el sistema. ¡Cuál es su sorpresa! Al sentir que de alguna parte una voz, o labios invisibles silbando lo llamaban. Si era de noche o al atardecer, el efecto era contrario, pues temiendo a las ánimas en pena -que según la tradición acostumbraban silbar- el elegido santiguándose aceleraba el paso.


Apostados en la acera en espera del cliente, los mansos caballos dejaban sus huellas en el empedrado colonial, y no faltaba el vecino que pala en mano recogiera aquel formidable y fresco abono traído a la puerta de la casa


disponerse un cementerio especial: el de la Peste en la Sabana de Santa Lucía. Un lugar lúgubre que desde la carretera a Borburata se veía a lo lejos; olvidado infundía temor. Un cementerio abandonado tiene sin duda una carga negativa mayor que cualquier otro cuidado y bien tenido; pareciera que las ánimas amenazaran reclamando a los deudos el pecado del olvido


Lechero, panadero y arepero visitaban la casa muy temprano. Era normal y respetable costumbre llevar los tres alimentos básicos para un completo desayuno a la puerta de la casa. No faltaría el buen café, un sabroso revoltillo y caráotas trasnochadas


Paseó luego en su bicicleta desde los muelles hasta la playa. Hizo varios viajes ante la admiración de los presentes; y se llegó a pensar que el extraño vehículo ya de moda, sería vendido al público. Útil parecía para tantos empleados del dique y dotaciones de marina, que en bote debían atravesar una y más veces el canal para llegar a su barco


Un día ocurrió lo increíble. El ruido de un motor se fue acercando. Corrimos a.ver, daba amplias vueltas como pájaro que en vuelo busca nido en qué posarse. Hacía algo distinto que los demás aviones. Actuaba ciertamente de otra forma


El Sesostris ardió hasta torcer el último hierro. La incineración fue hecha con precisa perfección germana. Tanto así, que años más tarde, cuando la Nación logró vender aquellos incinerados cascarones, el Sesostris no lo quisieron comprar porque no servía... ni para chatarra


había otra cosa más en esa nomenclatura de patronímicos curiosa en el Puerto. Los extranjeros eran "Musiúes" o "Místeres". ¿Quién no sabía quién era "Míster Pantin"? Aquel impecable caballero, siempre de blanco, finos modales y agradable trato, jefe de un hogar de los más respetables del Puerto?


Los domingos era puntual en la Iglesia a la hora del "asperges". El Párroco, hisopo en mano, revestido de la pluvial capa y tocado con el cuadrado bonete, recorría el pasillo central salpicando agua bendita sobre los feligreses llamándolos a contrición


El Puerto tuvo sus hijos notables, más de uno se destacó por algún don con el cual lo dotara la Divina Providencia. Entre ellos querríamos recordar uno ya por muchos olvidado:

Carlos Brandt, escritor, filósofo, naturista, políglota y vasta cultura


Don Pancho por lo general era quien tenía cual privilegio de "Pater Familiae" usarlo como cosa propia. Era cómodo, pero el calor no permitía en él larga permanencia


Las discusiones' no tenían objeto, cualquier protesta podía ser interpretada como señal ostensible de enemistad con el "Benefactor" de la Patria y el mejor boleto para pasar unos días en el Castillo Libertador o la Casa de Corrección


Al Puerto los veíamos llegar; traían un atuendo que los hacía inconfundibles. El cabello cortado como un cadete prusiano. Equipaje en el cual jamás faltaban binóculos y cámara fotográfica. Saco de lana con codos reforzados en cuero


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