May 24, 2013, Friday, 143








Había una vez un Río

De

El río no era tan poluto como ahora. Eran los tiempos en los que un caluroso domingo se deseaba un chapuzón en las frías aguas del dique del río Morón.

En realidad, no era en el propio dique donde disfrutaban los bañistas sino un poco aguas abajo donde el río se represaba en su cauce natural por la anteposición de grandes rocas ubicadas al borde del concreto en el inicio de la canal.

Ollas y pailas contentivas de los aderezos subían la pequeña cuesta en hombros de los comensales del sancocho. Los samanes frondosos ponían la frescura y el verdor. La leña estaba a poca distancia.

El "salao» se complementaba o se cruzaba con corronchos, camarones o lame arenas que se extraían fácilmente del escondrijo bajo las piedras. Si se quería otras especies había que tirar anzuelo un poco más arriba.

Por supuesto, estas reuniones, casi siempre familiares, se animaban con las consabidas bebidas espirituosas.

Todavía no aparecían en el firmamento del sur de la ciudad las urbanizaciones Colinas de Mata, Santa Rita, Fundamorón, ni el barrio El Dique. Santa Ana era un puñado de casas y la Lorsa había comenzado la primera etapa de la Urbanización Banco Obrero.

Los caseríos en las adyacencias del río aún utilizaban los pozos sépticos o letrinas, por lo que las aguas corrían libres y cristalinas por el pavimento encementado. Su caudal era regular, entonces la Petroquímica no privaba del todo el preciado líquido que generaba diversos usos desde el chapotear de los muchachos hasta el consumo humano y pasatiempo de lavanderas. En las riberas del río, en su cauce medio, espacios abiertos se utilizaban para pequeñas labranzas y el pastoreo.

En el sector El Jabillo, Julio López era propietario de un considerable rebaño de cabras y ovejas que pastaban en el margen derecho del río; a más de uno vi que cruzaba el río con un mecatillo amarrado en la cintura bajo la camisa dizque iban a cazar pájaros pero no llevaban la honda. Algunos sintieron la furia del látigo en brazos de Julio cuando estaban en pleno apogeo. Otros perdieron los calzones.

Más allá estaba la alcantarilla, pozo de agua helada y turbia que provenía de la planta de tratamiento de la Petroquímica y que drenaba hacia la canal del río. Inocentemente los zagaletones que se bañaban se exponían a la contaminación de estas aguas residuales. Al otro lado se encontraba el viejo lecho del río Morón, con sus aguas estancadas también recibía a los bañistas. Cualquier laguna era buena para refrescarse. La aldea creció y se hizo pueblo, el pueblo se hizo ciudad. El otrora río se convirtió en el intestino grueso de la ciudad que conduce su pestilencia hacia su desembocadura en el Mar Caribe. La boca, como la llamábamos era una piscina natural muy buena para pasar un fin de semana, hoy es un cuerpo muerto y putrefacto. En Morón hubo una vez un río...

Fuente de este artículo

Libro Crónicas desde Morón

Este artículo es uno de los capítulos del Libro Crónicas desde Morón, escrito por el Prof. Alexis Coello, cronista del Municipio Juan José Mora.

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