June 18, 2013, Tuesday, 168








El paludismo y la ineficiencia laboral

De

Diez años después de la primera rociada del insecticida en Morón, en ocasión de conmemorarse este aniversario, y en la inauguración del monumento al zancudo muerto que con forma de obelisco se erige en el centro del pueblo para recordar a las nuevas generaciones la lucha antimalárica y lo tristemente celebre de esa situación, el doctor Gabaldón pronunció el discurso de orden, que está reseñado en el diario el Carabobeño en su edición del cuatro de diciembre de 1955, del cual se extrae el siguiente segmento:

¿Por  qué  fue  Morón  el  pueblo  elegido  para comenzar? Por qué 
Morón  era  fiel  representante  de  la Venezuela con malaria. Aquí
la  enfermedad  era  altamente  endémica,  los  índices  esplénicos
llegaban  hasta  99  por ciento  y  jamás habían  bajado de 70. Los
dos   más   poderosos  vectores   del   país,  Anópheles  Darlingi   y 
Anópheles   Albimanus,  presentes   estaban   en   buen   número y
unidos sembraban la invalidez y la muerte (Pág. 6).

Dos expertos malariologos de Venezuela Gabaldón y Berti tipificaban este territorio como gran exponente del paludismo con las consecuencias nefastas que este conlleva. Los índices esplénicos denotan la protuberancia anormal del bazo. Cuando el índice esplénico es elevado en un alto porcentaje como era el caso de Morón, en un “99 por ciento y jamás habían bajado de 70”, prácticamente una parte de la población eran muertos vivientes. Los vectores Anópheles Darlingi y el Albimanus existían en cantidades significativas y eran los mosquitos más terribles con una capacidad trasmisora superior a otros espécimen del rango de los artrópodos.

Ahora bien ¿Cuáles son las posibilidades materiales de vida de una población altamente infectada por la malaria? ¿Qué capacidad de producción posee un individuo enfermo de ese mal? Al respecto el ilustre científico doctor Enrique Tejera, en la revista Acontecer Leonistico sentenció en una ocasión: “el paludismo producía hambre porque no se podía trabajar” (1988, 12). Los daños materiales que el paludismo acarreaba a los pueblos se traducían en desmejoras en la economía familiar y local. La malaria es una enfermedad que abate al ciudadano enviándolo a la cama llevándolo a un estado de postración. Y si en un núcleo familiar hay varios enfermos o en una población existen altas cantidades de ellos, entonces son brazos inoperantes para el trabajo productivo, “pero eso no era todo, pues la persona convaleciente está débil, indiferente, descuidada, con la voluntad rota, ajena a cualquier ambición. Toda esa actitud constituía un complejo psicológico” (Gottberg; 1987, 39). Los huertos y conucos estaban abandonados, los rebaños sin pastores, las calles desiertas, los mercados sin bullicios, en consecuencia las condiciones económicas eran realmente deplorables para los moronenses.

En la década de los cuarenta la actividad laboral que predominaba era la agricultura cuyos productos estaban destinados al consumo directo de las familias, en otras palabras la escasa población practicaba una agricultura de subsistencia, unido a ello un reducido número de personas se dedicaban al pastoreo y a la crianza de animales domésticos. De los extensos cocales se extraía la copra que se vendía en una primitiva fábrica de aceite de coco. En la zona también se practicaba la explotación comercial del carbón vegetal obtenido a través de hornos subterráneos y cuyo producto se dirigía a los mercados de las ciudades capitales de los estados vecinos. La renta de la Junta Comunal, institución que ejercía el gobierno local, apenas llegaba a 3.500,00 bolívares al año.

En aquellas circunstancias no había posibilidades de mejorar el nivel de vida de la población ni de emprender actividades para enfrentar la situación de indefensión de los habitantes del poblado, si a ello se le une la impotencia laboral de los vecinos ya infectados por el mal, se va a reflejar un cuadro desolador, porque el paludismo creaba una especie de muertos vivientes. “En las regiones internas de Venezuela sólo vivían hombres con la sangre hecha agua, pálidos, animados tambaleantes por la fiebre, que entre sudores y escalofríos pasaban su vida de inútiles” (Gabaldón, 1988, XV).

El paludismo era una barrera contra las concepciones humanas, las debilidades físicas y carencias de ánimos atentaban contra la fertilidad. En las zonas de aguda incidencia palúdica se ha manifestado un número reducido de nacimientos debido en algunos casos a los abortos y en otros a las diversas pérdidas humanas antes de los alumbramientos. Atendiendo el criterio de Gottberg, se señala:

En  todo  caso, el año siguiente a una epidemia, se veía  descender 
más la natalidad, descenso que era lo  suficientemente  fuerte
para  afectar  las  cifras  de  todo  un  estado, como fue el  caso  de 
Carabobo  en  1941  y  1942.  Eso  de  la reducción del  número  de
nacimientos  no  son,  pues,  simples  suposiciones  o   hechos  que
han  pasado  en  otros  países, son   nuestras  propias  estadísticas, 
por  defectuosas  que  parezcan, los que  corroboraron  este  hecho
(1987, 43). 
Artículo principal: Morón, Auge y Caída del Paludismo en Venezuela

Fuente de este artículo

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Este artículo es uno de los capítulos del libro Morón, Auge y Caída del Paludismo en Venezuela, escrito por el Prof. Alexis Coello, cronista de Juan José Mora.

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