Cap. 27 - La leyenda de Roso BusichDe
Hasta muy avanzado el siglo xx, las zonas marginales de esta ciudad no contaban con energía eléctrica para el alumbrado público y privado. Los barrios de "Campo Alegre", "Valle Seco" y "El Polvorín", cubrían sus necesidades utilizando antiguos métodos: kerosene, carburo, aceite de coco y velas esteáricas elaboradas en una industria local. En igual situación se mantenían las instalaciones de Fortín Solano, a pesar de utilizar una red de emergencia colocada desde Paso Real, pero con graves problemas por la interrupción frecuente del servicio, debido a fallas técnicas en la caduca empresa establecida en Puerto Cabello desde el siglo xix. Oficiales, clases y soldados acantonados en el cuartelillo de El Vigía, cuando hacía uso del permiso reglamentario, al regresar a su sitio de trabajo en horas de la noche, obligatoriamente, por no existir otra vía, tenían que transitar por el viejo camino de San Esteban que casualmente pasaba frente al Cementerio Municipal. El trayecto era corto desde ahí hasta la trocha de subida al Fortín, pero el tramo recorrido paralelamente con la pared lateral del "Campo Santo", helaba la sangre a los ocasionales transeúntes. Una de esas noches en que la oscuridad se unía a la densa neblina que bajaba de la montaña de San Esteban, un joven teniente regresaba a su cuartel, montado en un hermoso caballo, después de haber asistido a una alegre fiesta donde el buen coñac y un suculento sancocho de cruzado: carne de res, chivo, cerdo y gallina, habían puesto su nota pintoresca. De repente, el noble animal relinchó briosamente. El jinete sudoroso sin fuerzas para frenar sus impulsos, emprendió veloz carrera hacia la cima del cerro y allá fue auxiliado. Sin poder contener los nervios, tartamudo, con palabras masticadas por el miedo, relató que al pasar por la pared lateral del cementerio, se le apareció un hombre con enormes brazos extendidos arropado en blanca bata transparente, dejando ver su esquelética figura. —Es el ánima de Roso Busich, gritaron los que escucharon la versión del asustado oficial. ¿Quién era en realidad Roso Busich. . ? Un fantasma, un ánima solitaria o la asustada leyenda de desprevenidos caminantes. Todo era posible en las mentes de aquellos hombres, que conocieron en vida al infortunado recluta que llegó desde Barlovento a prestar su servicio militar a una Venezuela rural, en pañales. A un Ejército de soldados analfabetos con uniformes de disfraces de circo: alpargatas y pantalones que apenas les cubrían las rodillas. Pedro Elias López viejo roble porteño, cuya valiosa vida se extinguió a los 96 años de edad, durante el presente siglo fue testigo de muchos acontecimientos históricos que tuvieron como escenario de primer orden a Puerto Cabello. De su ilustre padre, el filántropo Doctor Paulino Ignacio Valbuena, obtuvo en forma directa interesantes relatos de gloriosos sucesos que llenaron de orgullo nuestro gentilicio. Con este personaje tuve una honrosa e íntima vinculación afectiva, por haber sido amigo personal de mi padre; ambos nacieron el 20 de julio de 1890, fecha que recordaron y celebraron en sus años juveniles. Durante casi veinte años, Pedro Elias López ejerció el cargo de Celador de "la caja de agua" ubicada en el camino de San Esteban. Desde aquel lugar acumuló una serie de cuentos, anécdotas, procesos históricos y otras menudencias, ciertas o inventadas por sus protagonistas. Conoció la leyenda de Roso Busich. Era un negro flaco, gigantón, prototipo del esclavo procedente del África: contextura huesuda, bembónt de relucientes dientes blancos que le centelleaban debajo de una nariz aplastada, como la de los boxeadores en retiro. Lo trajeron reclutado desde Panaquire en Barlovento. Junto con otros negros arrancados de los fundos cacaoteros, lo transportaron en un barco de la empresa Crassus, de Carenero hasta Puerto Cabello. Contaba apenas diez y nueve años de edad y el Cuartel se tragó su juventud. El ron, la caña blanca y los burdeles de mala muerte ubicados en los alrededores de La Alcantarilla, lo transformaron en una piltrafa humana al borde "del delirium tremen". Era una pobre cosa sin nombre. El negro Busich a quien ya habían apodado "saco de huesos", en horas de la noche cuando regresaba de sus farras, sentía placer en abrir sus largos brazos arropados con una vieja cobija, para asustar a los trasnochados caminantes que pasaban cerca del cementerio. Con una ronca carcajada y accionando sus brazos como alas de vampiro, no descansaba hasta no ver alejarse en veloz carrera al infeliz que encontraba en su camino. En una madrugada lluviosa fue encontrado su cadáver tirado en el portal del cementerio. Sus compañeros del Fortín Solano lo sepultaron en una fosa destinada a pobres de solemnidad. Durante muchos años, la superstición y el miedo crearon la leyenda del "aparecido nocturno"... "el alma de Roso Busich". Cuando el anciano concluyó su relato, con una sonrisa amplia y hermosa como su condición humana, expresó: —Qué tenientico pa' pendejo. . . el fantasma no es sino el movimiento de la rama de aquel árbol que tiene figura de vampiro. Y mostrando las causas del problema, recordó que en ese mismo lugar se ahorcó un joven que tenía problemas de salud. Se colgó utilizando un mecate. La leyenda se olvidó con el paso del tiempo. Hoy, el negro Roso descansa en paz, debajo de uno de los pisos del actual mercado público.
Autor de este sitio web: Enrique de Mesa - Google+ |