Cap. 25- El Hermano JavierDe
Quien lo haya conocido y años más tarde leído la descripción que Ramón Díaz Sánchez hace de "Jer Günter", en su incomparable libro "Cumboto", no tendrá dudas que ei recordado escritor, se inspiró en el Hermano Javier para hacer la semblanza del tío de Federico Zeus. Nariz aguileña implantada en un rostro rubicundo de magna contextura. Ojitos de culebra escondidos tras espejuelos ovales, encerrados en áurea montura -como sacados de un museo- que recordaban Zolá o al conde Camilo de Cavour. Cabellos ralos, más claros que oscuros, capaces aún de cubrir hasta la frente; y sobre ella agudo mechón a modo de pollina. Talla mediana, enjuto de espaldas y abultada cintura, porque debajo de la sotana llevaba por lo general una quincalla. Era increíble la cantidad de cosas que el Hermano Javier sacaba de aquellos bolsillos con interminable fondo. Su andar era rápido, al mismo tiempo que solemne y hasta algo acompasado. Más parco que locuaz, al hablar conservaba las imborrables inflexiones y entonación que delataban su origen francés. Cuando podía, prefería usar los cuellos de la Orden de hilo almidonado -como los abates de Francia antes de la Revolución- en lugar del práctico celuloide de reciente implantación. Verlo con sus Hermanos de Congregación, acompañando la fila de alumnos a la misa el domingo en la Iglesia Parroquial, era una estampa movida por el viento. Sobre la sotana aquel manteo con mangas inútiles, que sólo servían para colgar flácidas y vacías, cual alas atróficas de arqueológico coleóptero. La cabeza cubierta con el tricornio negro regular, cual sombrero retorcido tostado por el sol. En los pies... los clásicos botines de orejitas. Colegio de San José, 7 de la mañana. Los alumnos van entrando. Se oye el golpe de la puerta con resorte que abre y cierra sin cesar. A las clases los Hermanos se preparan recibiendo alumnos y dirigiendo e! desayuno. El patio, un patio de sombras a la orilla dei mar. Nísperos, mangos, mamones y almendrones, contemplaban aquel telón de paz, alterado a veces por el ruido de las olas, el canto de los pájaros, las voces y los gritos de los muchachos del colegio. Al entrar a la derecha la librería. Recuerdo su oior a lápices, libros, cola, madera y cartón; dentro; El Hermano Javier. Aguardaba allí como araña en su tela, que uno a uno los alumnos-clientes vinieran cayendo. Al dar la mano en respuesta al saludo, solía tener un chiste a flor de labios. Algunas veces venido al caso, las más, fuera de lugar. Era sin duda un vendedor nato. Vendía cuanto podía. No sólo útiles escolares sino también otros artículos, que de una u otra forma entraban en posesión. Gozaba en el arte y oficio de la compraventa. Le gustaba hacer chistes, promover y gastarse bromas, pero jamás recibirlas de vuelta. En ese caso fácilmente su rostro se tornaba serio y amenazante. -Hermano, déme un cuaderno de a medio y una pluma de a locha. -¿Qué número lo quiere? -Número cuatro, Hermano. Y seguía el alumno tan contento, con su cuaderno de escritura Charpentier, donde empezaba con palotes y terminaba de calígrafo. La pluma Faicón o la pluma de "Farolito", mucho antes que conociéramos las ya hoy desaparecidas Esterbrook, montadas en su palillero de color, nos formaron la mano para tener buena letra. En el banco, los tinteros centrales; como unos sómbrenlos de vidrio blanco o porcelana, que recibían la tinta de una inmensa botella. El Hermano los llenaba uno a uno con un sistema de sifón, que la misma traía inserto en el pico y gracias a lo cual con cierto adiestramiento, se lograba un servicio impecable. A las ocho sonaba la campana: Los muchachos a fila. Cada una como punto de partida una inmensa laja en el piso, que recibía cuando el chorro generoso de la lluvia le golpeaba con rigor. Los más pequeños adelante, los grandulones detrás. La línea se formaba por lo general de mala gana, sin dejar de hablar a "soto-voce", para terminar de narrar chismesy picardías, de recientecuño, antes de comenzar la clase. -"Ofrezcamos a Dios las obras de este día" entonaba la oración un alumno de confianza, y la clase seguía a coro en los rezos matinales. La Oración Dominical, el Ave María y el Símbolo de los Apóstoles. Actos de Fe, Esperanza y Caridad, etc., y al final: Una decena de cuentas del Rosario. Ya sentados venían los cinco minutos de Reflexión Matinal, y seguidamente a la Aritmética. Siempre ella en la hora más fresca para comprenderla bien. El Hermano Javier tenía a su cargo la asignatura de las cuatro operaciones, sistema métrico, quebrados, decimales, números complejos, regla de tres simple y compuesta, regla de interés y geometría. Esta explicada en el negro pizarrón con la ayuda de un inmenso compás, que se nos caía de las manos de lo grande que era. Y aquel transportador en forma de "D", con un ombligo al medio con el cual sostenerlo. -Hermano, no entiendo. ¿Cómo es eso que los metros cuadrados van de cien en cien?. Me parece que debería ser de cuatro en cuatro. Uno por cada lado. Son cuatro lados. La clase reía. El Hermano reaccionaba tratando de averiguar si el alumno hablaba en serio o le tomaba el pelo. Volvía a explicar. -No, Hermano; no entiendo. Y lleno de impaciente paciencia, volvía a repetir lo dicho dibujando con una tiza un cuadrado en el piso sobre las líneas de las regulares baldosas. -Hermano, que Miguelito me está molestando. -Hermano, mire lo que Ricardo está haciendo. Y venía el primer castigo. -Pase al rincón. O...Escriba cincuenta veces: "No debo hablar en clase". Si ello no bastaba, entonces... a multiplicar series de cifras o sacar raíces cuadradas, cuya respuesta ya tenía anotada en una libretica. Aquella libretica negra que desapareció un día, y desde entonces los castigos numéricos no sirvieron más, porque eran resueltos en minutos. Además de matemático el Hermano Javier era gramático. Con él aprendimos la fábula de la Mona que subió a un nogal y comió de una nuez verde. Amaba las fábulas, pero no le gustaba oír los versos del gitano, que también traía G. M. Bruño en sus manoseadas páginas. Pero por sobre todo, su deleite eran los verbos. -Vamos a ver: "El pluscuamperfecto del verbo tener. El Pretérito Perfecto del verbo amar. El Pretérito Indefinido del verbo volar. El Pretérito Anterior. Ahora sigamos... el Modo subjuntivo: Pretérito de Primera Forma. De Segunda Forma. Futuro. Y así aquella letanía de -que yo vuele, que él volara, que tú volaras, que él vuele. Que yo volase, que tu volares. Más fastidiosos que los melocotones de la Cartilla de Mandeville; con la cual, en la escuela de las Hermanas Páez, Monsanto o Hernández, se aprendían las primeras letras. Sabiendo las anécdotas y conociendo de oídas y vividas, el carácter del personaje, nos las arreglábamos para ser testigos de todo cuanto de él se contaba. Bajo la sotana escondía lo inimaginable. Entre otras un chaparro, diz que para espantar los perros en la sabana, pero en realidad más utilizado para amansar a los alumnos más rebeldes. Si no bastaba, tenía también un latiguillo de flexible coral que ardía como fuego, cuando lo sacudía con fuerza en las. piernas o las espaldas. Porque de que los hubo difíciles de "amansar" no cabe duda. E! "ganado" que manejaban los Hermanos, no siempre era manso. De que había "Cimarrones" y buenos... los había. Tenía también en sus bolsillos además de la reglamentaria Biblia, una brújula y un pito; cuchillos de varias ciases y tamaños; en especial nos interesaba ver la enorme navaja sevillana con hoja de resorte. Plumas fuentes de varias clases; de todas sabía la historia de su cuidadosa fabricación y excelente calidad, con los kilates de oro que en cada punta tenían. Todas si lo deseaban estaban a ía venta; si no esas, él sabía dónde procurar una igual o tal vez mejor. Otro artículo singular era un reloj de bolsillo atado a una cadena, al cual se le daba cuerda por detrás con un minúsculo Havín ¡Los relojes! Tenía afición preferencial por los relojes con sus granates, las navajas, los cuchillos y los bastones. Estos los tenía de varias clases, pues un día descubrió cómo hacerlos con unas varas de palma llamadas "macanillas" que conseguía en Bucaral, San Esteban arriba. Después de rasparlas con un vidrio y suavizarlas con lija, venía el proceso de hacerlas brillar con goma laca. Se !as disolvía en alcohol y pasábamos horas frotando aquellas varas que terminaban relumbrantes. Entonces faltaba coronarla con alguna bella empuñadura, que conseguía siempre en el Taller de B. Pina o la relojería de! señor Regino. Y para rematar sólo faltaba un regatón, a cuyos fines servía a veces la concha de una bala de rifle o de revólver. En una temporada las "macanillas" estaban tan de moda, que eran numerosos quienes tenían la suya. Realmente pintoresco ver ir y venir al colegio a aquellos alumnos de bulto en la espalda y pantalones cortos, luciendo elegantes bastones. Además de las nombradas, el Hermano Javier era el encargado del coro. EI15 de mayo estaban afinadas las voces para cantar a plenitud aquellos himnos al "Gran Siervo del Señor" o "Al Apóstol de la Escuela". iCómo gozaban! los parroquianos con las voces claras del colegio. Entre las ellas destacaban la de ítalo por su timbre y excelente entonación. En mejores circunstancias le habría valido para que lo... raptara algún duque reteniéndolo en su Corte; o le habría para ingresar a los "Niños Cantores de Viena" o a un coro de "Angeles" del Vaticano. Otra virtud de nuestro personaje, era su afición a fas caminatas y excursiones. A las dos de la tarde los sábados, veíamos que partía hacia San Esteban acompañado de uno o dos otros Hermanos; y a veces algunos alumnos. Iban "a Paseo", como ellos decían. El primer sábado del mes cuando el asueto era más Sargo, la excursión también podía ser. Los cerros de Vallecito, de San Jean -Borburata arriba; o la excepcional pernoctada en el Puente de los Españoles, en la cumbre del camino colonial hacia Valencia, eran las aventuras que tenían de reto. Una vez cundió la alarma. Los Hermanos se habían perdido en la cumbre. Más tarde me relataba el santo Hermano Celestino, cómo había pasado un gran apuro la vez que de regreso perdieron el camino. Con el cuello de reglamento que era de celuloide, lograron hacer fuego para pernoctar. Ninguno durmió y susto grande cuando oyeron ruidos que causaron la sospecha de la cercanía de una fiera. Para las excursiones el Hermano Javier se caracterizaba distinto. Bajo la sotana (estaba prohibido terminantemente quitársela) cuya falda enrollaba en la cintura dejaba ver sus piernas vestidas en negros pantalones, contenidos en dos enormes polainas. Aquella figura: Negro tricornio en la cabeza, cuello blanco de abate francés como desprendido de un gobelino de Luis XV; sotana recogida cual levitón negro con pretensiones de Mongolfiera; de la cintura colgando un machete, un chaparro, una cantimplora y una cartuchera. Más abajo las polainas, en la mano el bastón y terciada una vieja escopeta que llamaba la "Espingarda". Todo un personaje de singularidad tal, de porte tan estrafalario, que si imaginarlo es difícil, dudo aún más que alguien pueda describirlo. En aquellas correrías gozaba el trato de las gentes humildes. Valoraba en ellas la sabiduría popular. Oía cómo se curaban las enfermedades con el uso de cocimientos de plantas naturales a su alcance, inclusive el paludismo. Sin duda era un investigador nato, un explorador colonial, como aquel "Jer"Günter obsesionado con la "Crescencia cujite", el totumo a cuyo pie esperaba enterrado el tesoro de Lorenzo Labarca. Era como un explorador que apareció tarde en la Historia, y errando camino había cerrado filas en la Congregación de religiosos educadores conocidos como Hermanos Cristianos. Con el de Javier están asociados inolvidablemente otros nombres: Genaro, Enrique, Ester y Celestino. Santos varones de vocación inigualable. Después vivieron otros, también los primeros Hermanos "criollos" fieles a su vocación hasta la muerte, como el Hermano Fidel y el Hermano Victorino. ¡No quedó nada! Se fueron las voces infantiles, en el patio de la sombra feliz a la orilla del mar. Quedó todo sólo en el recuerdo impreso firme. Espacio interior cual escenario vivo que llevamos dentro. Vacíos que van con cada quien. En ellos comenzando la tarde en la atemporalidad de sus días, veo pasar en cada uno de esos sábados sin tiempo, al Hermano Javier camino de los cerros; a las montañas que se pierden buscando cielo; visión de lejanía en el horizonte del mar.
Autor de este sitio web: Enrique de Mesa - Google+ |