Cap. 23- Vista ImperialDe
Contaba la abuela a nietos y otros integrantes del vespertino auditorio, diversas historias de la vida porteña; como el "bombardeo" que hicieron los barcos de "Viñeta" y "Caribdis"; y cosa curiosa: Que habiéndose provocado en desagravio a la bandera británica, quedó consagrado en nuestra Historia como "El bombardeo de los alemanes". Tarde de confusión, cuando al rugir de los cañones la población huyó despavorida, llevándose tan sólo lo puesto; dejando las casa con puertas y ventanas abiertas, y hasta en algunas, en las brasas ardientes con los alimentos de esa tarde. Vestía en dril blanco como convenía a las personas distinguidas en aquel clima no tórrido, sino "hórrido", de las canículas porteñas. Al volante sus ojos se clavaban al frente como hipnotizado, cual si temiera que la menor distracción lo sacaría del camino. La llegada de sus abuelos a "Tierras de las Indias" tuvo lugar cuando apareció en escena la memorable "Compañía Guipuzcoana", era pues un porteño que bien merecía el título de "Cristiano Viejo"; con él varias eran las generaciones nacidas y enterradas en aquel mismo lugar. Don Manuel, como con todo respeto lo llamaban en la hacienda, pasaba el año parte en ella y parte en la ciudad. Su casa en el Callejón de la Sonrisa se abría a una poza de aguas salitrosas, donde viniendo de la Calle Bolívar se debía torcer rumbo hacia el Cine General Salom. Aguas sumadas de lluvia y de pleamar; alguna vez además de renacuajos y sapos que de noche obsequiaban monótono coro, alcancé a ver sardinas. Poza secular era como espejo mágico que día y noche reflejaba el cielo del Puerto. Aquella casa pudo haber sido sede de la "Central Distribuidora de Bocadillos de Puerto Cabello", que de pina y de guayaba con inigualable maestría se hacían en Solórzano, industria hogareña hoy totalmente desaparecida. -"Misia Rosa", decíamos entrando a la casa. -Mi abuela le manda muchos saludos y que si no tiene dos docenas de bocadillos de pina que le mande. Respondido el saludo con su voz bitonal que bien la definía y gran cordialidad, doña Rosa volvía con una caja larga, conteniendo como dormidos en fila, una cantidad que nos parecía gloriosa, de bocadillos empolvados bajo la capa nevada de azúcar muy dulce. El encargo era conducido de vuelta a casa con religiosa unción, su destino servir de apreciado regalo, a algún pariente de Caracas que anunciaba visita. ¡Solórzano y Borburata!. Nombres asociados a ríos de aguas cristalinas, Cristos milagrosos, bocadillos deliciosos y bosques inmensos de umbríos cacaotales. ¡Qué bucares y caobos tan espléndidos! ¿Qué árbol del trópico faltaba allí? Puf, puf, puf, se sentía toser el Ford de Manuel María atravesando la plaza de la modesta aldea, para alejarse entre las nubes de polvo y de vapor. Los caminos en los meses de lluvia se hacían intransitables. Huecos enormes llenos de agua, donde el auto sin ser anfibio debía sumergirse y hacer grandes esfuerzos para salir a la otra orilla. Los pasajeros de rostros tensos viendoa ver cómoterminaba la aventura, casi con temor de topar con un caimán, una vez que por fatalidad inesperada debieran lanzarse al agua y a nado alcanzar del inmenso charco a la otra orilla. ¡Tantas leyendas e historias se contaban! Pasando el Quizandal, el camino seguía en línea recta, cortando la Sabana de Santa Lucía de punta a punta, sin bordear el pie de los cerros como hoy lo hace con toda elegancia la actual avenida que lleva hasta los diques. Aquella sabana se cubría en el invierno con varios centímetros de agua. El riesgo de salirse del "Lomo de Perro", que algo más elevado servía de camino, era muy grande. Yendo o viniendo se divisaba a lo lejos, perdido en la maleza bajo matorrales de árboles crecidos, el cementerio de la Peste; donde sepultados quedaron los muertos en la fatídica epidemia que el año 1918 azotó al Puerto; flagelo que qu'edó para siempre registrado con el nombre de la "Gripe Española"; sitio amenazante y fatal. De los túmulos, parecían surgir los espectros de las almas olvidadas, reclamando de limosna dejar una oración. Algo extraño se sentía al acercarse a aquel lugartétrico; espantos, vibraciones invisibles, presencias solitarias que en castigo al olvido de los vivos, el temerario visitante al pie de ruinosa tumba, podría encontrar también la muerte. En los meses de sequía la Sabana de Santa Lucía servía para otras cosas, entre ellas de aeródromo. Allí llegaron los primeros aviones que visitaron Puerto Cabello, el tal famoso "Rombo" que vino de Colombia y otro francés que vino con motivo del establecimiento de la Aviación Militar en Venezuela. La llegada de un avión era un acontecimiento para los porteños más importantes que la llegada del Obispo, del Presidente del Estado o el de la misma República. Todo se paralizaba y los porteños corrían hasta la sabana para ver el avión aterrizado. Una vez llegó uno desviado de su vuelo por inesperadas averías. Don Manuel pasaba al punto, cuando en tierra se detuvo la sorprendente máquina. Ver lo que ocurría y desviarse hasta el avión fueron actos en secuencia sucesiva. Presentaciones y saludos antecedieron al servicio pedido. El aviador deseaba ser llevado al Puerto para informar del accidente. Don Manuel lo invitó al auto que puso en marcha para salir del sitio. Pero... distracción insólita, surcos profundos por huellas dejadas, sirvieron de rieles que lanzaron al auto como toro enfurecido embistiendo contra el leve fuselaje del pequeño avión. De boca en boca no tardó en correr el hecho vuelto chiste. Manuel María recibiría distinción honorífica de resonancia mundial, pues era el primero en realizar la increíble hazaña aún no vista, de la colisión entre un avión y un automóvil. Las cosas extrañas que a.nuestro amigo le pasaban no quedaron allí. Hubo muchas más, los cuentos que de él se contaban eran interminables. En tiempos de la 2a. Guerra Mundial era difícil conseguir para el auto llantas neumáticas. Las que tenía Manuel María llegaron a su fin. Venir de Solórzano al Puerto era por otra parte indispensable a los fines de la economía de la hacienda y la familia. Tras pensarlo mucho se decidió por mandar a confeccionar con el carretero que aún en el Puerto había, cuatro llantas de madera a la medida de su Ford. Recogido el encargo se lo llevó a Solórzano y las montó asegurándolas bien con tuercas y tornillos. Y llegó el momento de la prueba. Sobre los caminos embarrialados aquel ensayo -si los viajeros llevaban una buena dosis de paciencia y bastante amor a la aventura-más o menos pudo funcionar. No había duda que había sido una salida original; pero pasada la Congelación y pavimento firme de la Calle Anzoátegui, el ruido de aquel vehículo era tal que parecía un carro de asalto o un tanque de guerra, con el rubicundo don Manuel montado arriba, cubierta su cabeza con el curtido sombrero y la mirada tiesa mirando recto, cual capitán de batallón motorizado tomando por asalto la ciudad porteña. La sorpresa de los presentes puede suponerse. La ocurrencia de don Manuel dio lugar a nuevos chistes y jugosos comentarios, hasta que las Inspectoría de Vehículos del Distrito, por razones de seguridad o tal vez de orden público, un día pidió cordialmente al original chofer no continuar rodando en su curiosísimo invento. Pero sin duda que el destino tenía reservada para nuestro personaje, otras hazañas por héroe alguno jamás cumplidas. Un buen día le ocurrió algo más. Para la venta de los dulces productos de Solórzano don Manuel tenía buena y segura clientela en las vecindades de los muelles y en los mismos barcos. Sus bocadillos estimados y conocidos eran cosecha de la fama. Tiempos cuando se podía ir tanto a pie como en el propio vehículo sobre los muelles hasta el barco, sin que nada ni nadie lo impidiera. Ese día don Manuel se acercó a uno. Terminada la visita se disponía al regreso, pero... nuevamente lo insólito: La palanca de cambios no entró bien marcha avante sino ai retroceso, y al acelerar esta vez don Manuel chocó no con un avión, sino con el barco. Ruedas traseras girando en el aire al borde del muelle y abajo el mar. Fue la grúa del buque quien lo rescató del frustrado naufragio en automóvil, poniéndolo sobre sus ruedas como debe ser y en la mecánica está prescrito. Titulares en la prensa al día siguiente; bromas de los amigos, más chistes y más cuentos obligaron a nuestro amigo a pasar u na larga temporada reclu ido en Solórzano preparando bocadillos.
Autor de este sitio web: Enrique de Mesa - Google+ |