Cap. 20- El Arbol del AhorcadoDe
Los que transitaban el antiguo camino que bordeaba las haciendas "Solórzano" y "Las Ibarras", al pasar frente a un centenario Samán' se persignaban invocando a las Animas Benditas del purgatorio, San Miguel Arcángel, San Juan Bautista y otras divinidades huéspedes del sagrado reino de los cielos. Pocas personas se atrevían a cruzar el sendero después que el sol se ocultaba detrás del imponente follaje de las "Tetas de Hilaria". La leyenda del árbol había cabalgado cuatro siglos de historia, en las voces asustadas de un pueblo que aun sentía temor por la presencia imaginaria del tirano Aguirre. El trote de las muías, el crujir de las ramas secas y el sonido campanante de dagas, espadas y macanas de la caravana de asesinos que acompañan al siniestro personaje, se presentía cuando una brisa fría bajaba de la monatña lamiendo distancias. Al pie del corpulento árbol una cruz de madera había sido cobijada por enredaderas espinosas que el arroyuelo cercano refrescaba a su paso hacia el río que más abajo caudaloso vomitaba el agua cristalina en el golfete testigo del arribo de los Marañones el 7 de setiembre de 1561. El samán gigantesco con sus ramas desafiando vientos, se transformó con el tiempo en un mito, en una leyenda cuajada de fanáticas versiones tejidas por abuelas temerosas de espíritus malignos. Se trataba del llamado "Árbol del Ahorcado" y la historia viajó en la fantasía de los pobladores de la nueva Borburata, donde cada uno buscaba la razón de aquel misterio. Ciento doce años tenía la simpática ancianita que nos reveló parte de la patraña. Todos la conocían con el sobrenombre de "Tata Julia"; los vecinos tenían duda de su origen: africano, antillano... tal vez bisnieta de esclavos nacida en alguna hacienda cercana que explotaron los latifundistas. No había razón para pensar otra cosa, ya que "Tata Julia" con su memoria privilegiada, de tarde en tarde contaba a jóvenes y niños del pueblo, fantásticas historias de tiempos lejanos. Todo fue obra de un lunático que se creyó Príncipe, relató emocionada la ancianita. Llegó según contaba el Cura Con-treras, de un pueblo conocido como "Condado libre de Oña-te" y su nombre que significaba "lobo" le abrió de par en par las puertas del salvajismo que signó su vida. Era Lope de Aguirre, de procero linaje con escudo y todo. Se decía que tenía sangre limpia de herejías y de sangres judías o moriscas. Cristiano como sus antepasados, hasta en la consumación de sus atrocidades ponía como testigo a Dios. Tata Julia respiró profundamente para continuar contándonos el viejo episodio: cuando el tirano abandonó la ciudad de Borburata luego de haberla saqueado, en el camino hacia la cumbre, cerca del frondoso Samán motivo de la leyenda, encontró tirado a la orilla del arroyo a uno de sus soldados marañones de nombre Diego Pérez, quien por cierto había sido criado de un Virrey conocido como "Marqués de Cañete". Aguirre al observar el cuerpo del soldado tirado en la orilla del riachuelo, sospechó deslealtad y fingimiento en la supuesta enfermedad del hijo adoptivo del Marqués y acercándosele manifestó su voluntad de dejarlo en el lugar para que lograra su curación. Acto seguido ordenó colgarlo en la rama más alta del árbol, donde los buitres dieron cuenta de aquellas carnes tostadas por la sal y el sol en la larga jornada del Amazonas a Borburata. Sí, así fue, repitió la anciana con vehemencia oxidada en la voz que se hizo emoción. Años más tarde, pequeños fenómenos naturales originados en el sector, tales como el crujir de las ramas, sombras indirectas producidas por la luz de la luna sobre otros árboles, cantos de pájaros nocturnos, silbidos y otras manifestaciones consideradas sobrenaturales por los transeúntes, tejieron la madeja que al correr de los años se transformó en leyenda.
Autor de este sitio web: Enrique de Mesa - Google+ |