12- Goaigoaza y San MillánDe
El Obispo Martí, llegó a Puerto Cabello el año 1773 y el día 15 de marzo de ese mismo año, dispuso una visita de inspección a la feligresía del poblado conocido como el "Pueblo de la Inmaculada Concepción del Valle de Goaigoaza", sitio donde existía una Iglesia Parroquial sostenida por los numerosos terratenientes de la región. En el informe presentado más tarde por el Secretario de su ilustrísima, Monseñor Martí, leemos lo siguiente: "Habiendo andado poco más de dos leguas, llegó S.E. a este pueblo de Goaigoaza e inmediatamente procedió a la visita de la Iglesia Parroquial con las ceremonias acostumbradas; vio y reconoció su fábrica, Fuente Bautismal, Altares, Imágenes. Vasos Sagrados y demás bienes de que se tomó inventario". Señalaba seguidamente el informe lo siguiente: "Este pueblo es fundado principalmente para los esclavos de las haciendas de cacao comprendidas en este Valle, cuyos dueños deben pagar la comida del cura y costo de la Oblata, hacer los reparos que se ofrezcan en la Iglesia, sus Ornamentos, por lo cual no pagan derecho alguno por sus Bautismos, Casamientos y Entierros de dichos Esclavos, siendo únicamente las personas libres que también habitan en dicho pueblo, las que satisfacen tales derechos". La jurisdicción de Goaigoaza correspondía al Vicariato de Puerto Cabello y su territorio Parroquial para el citado año de 1773, consistía en más de cuatro leguas de Oriente a Poniente y en siete leguas poco más o menos de Norte a Sur. Al Oriente con declinación al Norte confrontaba con Puerto Cabello, distante más de dos leguas; el Poniente con el Pueblo de Morón situado a una distancia de 6 leguas; al Norte con la Playa del Mar que tiene una distancia para la época de dos leguas aproximadamente y al Sur con la ciudad de Valencia, distante a ocho leguas. Eran éstos los límites del referido territorio. Sobre la visita del Obispo Martí, continuaba relatando su Secretario lo siguiente: "La Iglesia Parroquial de este Pueblo de Goaigoaza está dedicada a la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora; su fábrica es de un canon de tapias y adobes (esto es ladrillo sin quemar) cubierta de varazones redondos, cañas y texas con algunas columnas de madera que ayudan a sostener el techo y la figuran como tres naves". "Tiene Capilla Mayor, Bautisterio y Sacristía de semejantes materiales; y toda la referida fábrica, aunque nueva, no parece ser de mucha duración. Hay en dicha Iglesia cinco altares medianamente adornados, que son el Mayor en que está colocada la Imagen de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora; dos al lado del Evangelio dedicados a San Juan Bautista y Nuestra Señora del Carmen y los otros dos al lado de la Epístola, dedicados a Santa Rosa y a las Benditas Animas". Prosiguiendo en su interesante relato sobre lo que observó Monseñor Martí en Goaigoaza, nos dicen lo que sigue: "La Parroquia no tiene más que un Ministro y es el Cura, el cual es Presbítero Secular y goza así, él como su Parroquia, de iguales prerrogativas, que los Curatos de Villas, ciudades y otros lugares, por conferirse este beneficio en la misma forma que se confieren aquellos según lo dispuesto en la R.C. del 19 de marzo de 1748. La renta que goza el referido Cura de Goaigoaza es anualmente de Ciento seis Pesos, que están cobrables de Estipendios entre los vecinos hacendados, tres pesos a que alcanzarán las Primicias y doscientos cincuenta y seis pesos a que podrán alcanzar las Oraciones de Misas cantadas de devoción y los bautismos, casamientos y entierros de las personas libres que todo compone a trescientos setenta y cinco pesos". "La fábrica de la Iglesia no tiene otra renta por entonces que los de sepulturas que pagan las personas libres, que podrían alcanzar a cincuenta y siete pesos con cuatro reales al año". Aprovechando la visita que hacía este Obispo al Pueblo, se confirmaron doscientos noventa y siete personas. El poblado se componía de 50 casas habitadas por igual número de familias y un Sacerdote; 178 personas eran de comunión, entre los cuales se contaban 60 niños. De confesión habían 85 incluyendo a 8 negros bozales. Hacían en total 281 personas. Fuera del poblado se contaban 170 casas con igual número de familias, siendo de comunión 410 y de confesión 60. Se contaron 125 niños y 14 negros bozales, para un total de 609 personas. En ambas zonas, o sea, el poblado y sus alrededores existían 890 habitantes con 220 viviendas. En los fundos de Goaigoaza, dotados de buena y fértil tierra, el latifundista orgulloso de su suelo generoso, aseguraba que las semillas germinaban en el aire, antes de caer en el surco abierto por manos esclavas. El agua de su río cercano y el verdor misterioso de la montaña conformaban el paisaje que motivó el anclaje definitivo de los primeros pobladores. Así era este pueblo descrito por Martí como refugio de negros esclavizados; de aquellos infelices que arribaron al puerto de Borburata en las inhumanas sentinas de los barcos que traficaban por los mares de la América virgen, cargados de negros arrancados como bestias de su lugar nativo, para servir a los amos blancos de este punto geográfico del mundo. Cuando al esclavo por la edad o enfermedades del trópico, le abandonaban sus facultades físicas, pasaba a formar parte de los desechos humanos; inservibles para la producción y problemática en el conjunto social donde el destino lo había lanzado. Y en aquel instante pasaba a engrosar la legión de hombres y mujeres de su explotada raza considerados inútiles para el trabajo. Otros horizontes gradualmente le abrieron camino hacia un lugar más seguro, donde el mar y su río le proporcionaban alimentos adecuados. Cerca estaba la tranquila bahía poblada de peces y conchas marinas; y el río que bajaba con su agua fresca y cristalina de San Esteban que tenía sabor de vida. Al firmar el General José Gregorio Monagas el ejecútese a la Ley del 24 de marzo de 1854, quedó abolida para siempre la esclavitud en Venezuela. Varias décadas antes, el Libertador había decretado esta humana disposición, pero la poderosa organización feudal del país, no dio cabal cumplimiento a esta orden. Las circunstancias sociales y económicas de la República tomaron un rumbo distinto al que se había soportado durante cuatro siglos de dominación española; ahora la manutención del esclavo y su familia resultaba onerosa al amo blanco y la absoluta libertad de aquellos negros que le habían construido su imperio agrícola, les resultaba de mayor provecho; por eso, recibieron con júbilo aquella Ley que los deslastraba de una carga insoportable. Resultaba fácil para el hacendado contratar en el futuro la mano de obra requerida para los trabajos del campo. En los mismos grupos humanos que fueron sus esclavos, dispersándose por caminos sin rumbo, el señor Feudal logró sus objetivos: reclutar a esos infelices con salarios de hambre y la cruel obligación de adquirir sus alimentos, medicinas, etc., en el establecimiento mercantil de su propiedad, que operaba en jurisdicción de las fincas explotadas. Un rancho de palma y bahareque surgió como una esperanza y la fe encendió el corazón de los negros para seguir las huellas de los ancianos y las viviendas florecieron con el milagro de las trinitarias, los cocales, los pájaros, las aves, los domésticos animales y la Capilla atendida por un anciano Cura Español, que invocando a Dios bautizó al caserío con el nombre de su pueblo natal. . . SAN MILLAN, y así se quedó eternamente, En España existen varios pueblos con el nombre de San Millán; en la provincia de Álava; en Orense; Logroño, de Lara y otros, todos con hermosas historias y leyendas arropadas de siglos. El San Millán de aquí y de allá, representan un símbolo de razas: el blanco que abrió caminos amparados por la cruz y la espada y el negro que regó con su sangre los suelos de la América virgen. El Reverendo Cura de Goaigoaza, después de la misa dominical se reunía con sus feligreses frente al altar mayor y tomando agua bendita de la "pila bautismal" construida en piedra bruta por manos esclavas, con mística emoción evocaba los recuerdos de su San Millán nativo. Algunos parroquianos murmuraban que el vino de consagrar estaba surtiendo efectos en la mente del viejo religioso. Nueva esclavitud encadenada de por vida, al imperio económico del latifundista, fue la suerte que corrieron los negros después del célebre Decreto de Monagas. Encerrados en las mismas alegrías y tristezas que acompañaron a su raza por siglos, gradualmente fueron poblando la aldea de SAN MILLAN, para hacer más sólida su condición humana. En San MILLAN las razas se unen para darle colorido a la fiesta. Son negros, mulatos o blancos café con leche los que disfrutan el ronco sonido del tambor y zapatean los terrones para hacer vibrar las calientes caderas de la negra primorosa que le salió al encuentro como un desafío. Progresivamente la aldea se fue llenando de luces y de ritmos candentes, cuando el cuero regaba sus voces sobre la sabana salinosa, que la brisa del mar bañaba de sol, de yodos y de sal. Y en recodo de cada hogar se presentían los sórdidos gritos del airó, airó, airó. Surgieron de pronto las supersticiones y Gregoria Mon-teverde o Narcisa Monteverde, ensalmaban a los jóvenes San-juaneros para protegerlos contra espíritus malignos. Tal vez otros núcleos cobijaban sus miedos entre los pliegues del mantón del San Juan. Mientras el tiempo aceleraba su marcha en la fiesta donde la alegría contagiaba al colectivo, Emilia Cova en gesto de sublime cortesía, repartía fresca Chicha de tierno maíz, para aliviar las gargantas de los cantadores. Los Quirindongos, Faneites, Tovar, Pitres, Monteverdes, junto con la Negra Simona y otras parrandas, le daban colorido a la Fiesta de San Juan, con diversas imágenes clasificadas como el San Juan Pobre, el Rico, el Brequecher. el Guaricongo y el Parrandero. El San Juan Pobre era propiedad de un grupo de simpáticos bohemios, mientras que el Rico se le consideraba como el mejor adornado rodeado de una tradición milagrosa. El Bre-quechero, muy popular en San Millán, reunía a su alrededor el mayor número de seres humanos procedentes de diversas regiones vecinas, que sin distingo de razas y colores se integraban a esta maravillosa fiesta, considerada antiguamente por los Terratenientes como un acto protagonizado por negros pendejos cuya diversióón consistía en darle palo a otro palo. En las fechas tradicionales, las parrandas de San Juan se desparramaban por el barrio contagiando la alegría incontenible de centenares de personas procedentes de zonas vecinas. En San Millán, el sonido de los tambores transmitían mensajes más allá de las fronteras espirituales de una Comunidad empeñada en derribar odiosas barreras sociales. Ya no son aquellos negros bembones de pelo ensortijado y miradas escapadas de sus pupilas enrojecidas por el odio, de súplicas y rencores, solamente lo? que hoy rinden culto a San Juan; tampoco las negras primorosas se visten con trajes multicolores como payasos de circo. En la agonía del siglo xx, los rítmicos sonidos del culo e puya, el pujao y otros instrumentos de percusión, encienden igualmente la pasión frenética del baile, a blancos de cabellera amarilla, mestizos café con leche, morenos mitad y mitad y por supuesto a los negros con peinados afro, blue jean, coquetas corbatas y zapatos especiales de "firmas reconocidas". Los TAMBORES DE SAN MILLAN enaltecen con su presencia y sus sonidos de jungla, los salones de la alta burguesía, donde las parejas de Smoking y trajes largos de costosa procedencia, se entrelazan para que los cuerpos vibren y sienten la lujuria que encendió hace milenios a seres humanos del continente africano.
Autor de este sitio web: Enrique de Mesa - Google+ |
