June 19, 2013, Wednesday, 169








04- Borburata III

De

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Tomado del Libro Tambores de San Juan en Puerto Cabello, Estampas Históricas 1991 propiedad intelectual de Miguel Elías Dao.


Así nació la vieja ciudad sembrada por la codicia de los aventureros que buscaban oro y así mismo desapareció víctima de las hormigas negras convertidas en hombres. De grupos de filibusteros alentados desde más allá del Océano por las potencias imperialistas que se disputaban la supremacía de los mares. La Borburata de Juan de Villegas y de Pedro de Alvarez, la de Alonso Díaz Moreno, Vicente Díaz y otros tantos, la que vivió horas amargas con la presencia del sanguinario Aguirre, Piers de Barca, Juan del Buen Tiempo, Francisco Drake y Juan Hawkins, moría en la costa para reencarnar unas leguas montaña adentro, en otro pintoresco sitio donde hombres y mujeres de la resaca perdida, sembraron sus angustias en busca de la fe que depositaron en la tierra conquistada.

Se transplantó al monte, la pupila soñadora del mar. La selva que le dio al indio en el eco de la guarura, su gran voz para que la desatase en poema o le diese libertad en el arco de su flecha, abría sus inmensos brazos verdes para cobijjar a los recién llegados.

Y Cristo hizo su aparición como un misterio. Leyenda. Milagro. Fantasía. Superstición o Fanatismo. La verdad es que la imagen surgió de las embravecidas olas que se negaron en un mar de leva, a devolverla a su original destino.

Cristo de la Salud. Cántaro de esperanza, donde las almas solicitan la generosa bondad de sus milagros. Hijjo en la Redención, creación de Dios por amor misericordioso a los hombres. Bajo su sombra protectora se cobijan los pecadores en busca de la fe o los que pagan medallas por milagros, creyendo engañar a Dios.

Poco a poco la semilla sembrada en el surco virgen de la tierra inviolada, germinó agigantada. Más allá del sugestivo verdor de la montaña, baja el agua fresca y cristalina de "San Jean" Pura. Cabalgando distancia. Lamiendo las piedras y repartiendo vida en su tranquilo peregrinar hacia la costa. Surgieron los fundos convertidos más tarde en haciendas florecientes, donde cuajaron los frutos. La expansión buscó brazos para la cosecha y fue preciso la presencia del negro. Para la explotación. El vasallaje. Para que la Economía de la región no sufriera mengua.

Era necesario el trueque de mercancía por esclavo. Los pocos que dejó Juan de Villegas —doce en total —se habían dispersado en la inmensidad de la selva profunda. Y el comercio negrero comenzó con los piratas, con los contrabandistas. Entre ellos, como lo señala Eduardo Arcila Farías en su obra Economía Colonial de Venezuela, se encontraba el famoso aventurero inglés Juan Hawkins, quien vendió en el mes de abril de 1565 en el Puerto de Borburata, a 155 esclavos negros, paños, vinos y otras mercancías, por valor de 12.528 pesos que recibió en frutos frescos de la región.

Estos negros pasarían a formar parte del patrimonio de las Haciendas propiedad de doña Isabel Ascanio, Don Juan Primo, Don Juan Solorzano y Mijares, Las Marías, Don Sebastián de Aponte, Diego Jiménez, Don Juan Azenzio de Herrera, Don Diego Loaiza, El Cura don Juan José Capuano, Los Herrero, Don Domingo Ochoa, Don Francisco Vásquez, El Cura don Juan Francisco Guevara, y Don Domingo Pérez.

Nutridos con la sangre negra quedaron estos fundos, que tal vez se transformaron más tarde en las florecientes haciendas de Solorzano, El Rincón, El Manglar, San Jean, Las Marías, Los Britos, La Rosa, Quizandal y Las Ibarras.

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